Ocho

Ocho son los días que han transcurrido desde la última entrada. En estos días he pensado por primera vez en cerrar el blog, no por falta de historias a contar sino porque la razón de la existencia de este blog no tiene sentido a día de hoy. En la descripción del blog se puede leer: “No sé quien soy, no sé cómo me ven, no sé que puedo dar, no tengo fe en nada y en nadie. En ruinas.” Pero ese ya no soy yo. Empecé este blog como desahogo, en 2013 mis días consistían en salir del agujero, trabajar, y volver al agujero. En el agujero había autodestrucción, alcohol, putas, descontrol, e insomnio. Durante semanas era incapaz de verme en el espejo. Si, claro que me veía para asearme, lo justo para llevar una doble vida, pero no me observaba ni un segundo.

Después de casi cinco años, he pasado por todas las fases. Tras medio año pensé que me reconcilié con el mundo tras el viaje a Chipre. Pero cuando creía que había salido del agujero, allá por 2014, no hacía más que entrar. Empecé a normalizar mis hábitos durante más de un año. Me alejé del alcohol y me centré en el trabajo, me volví adicto a él, a tapar mis miedos, a coleccionar fracasos, a la auto-compasión, y a conocer más de 40 mujeres en un año.

Paso cerca de año y medio, esta vez centrado en Sarah, en darme cuenta que el trabajo no lo es todo, y en navegar en la mierda con una soltura que daba miedo. Recuerdo que sobre 2016 vino mi primer ataque espástico. El cuerpo avisa, la mente es la traidora. Seguí igual y en 2017 sucedió la catarsis. Sarah, la presentación de la tesis doctoral, el viaje al norte, el segundo ataque espástico, el conocer a Miel, el viaje a Mallorca, el cambio de trabajo y por fin el estallido: 5 días sin poder andar. Han pasado ocho meses desde entonces. Y con algún que otro paso fallido, como el de la semana pasada, pienso que estoy preparado para comerme el mundo.

Ayer volví a ver a Dakota, hacia meses de aquel encuentro divertido, lleno de sexo, que surgió casi de imprevisto y sin pensarlo demasiado. Esta vez pensaba que iba a ser igual pero me equivoqué. Siempre me equivoco en aquello que supongo que va a suceder. Maldito ingenuo. El sexo se terminó en quince minutos escasos, el resto del tiempo nos lo pasamos hablando. Más de una hora, sentados en la cama, haciendo el mundo girar en torno a la prostitución (mis experiencias y algunas suyas), de sus planes y de los míos de vacaciones, del blog, de mi ex-pareja… cuando se hizo la hora de irme, me dijo: “Quédate un poco más, hablando”. En un momento dado dijo su verdadero nombre, me recordó al número ocho. Fue muy liberador hablar con ella de ciertos temas en detalle, sin reloj y a tumba abierta, mirándonos a los ojos. Antes de despedirnos, me volvió a decir que debía escribir o montar algo para mostrar al mundo mi vida.

Volviendo a casa, pensé en aquello último, en cosas que verbalicé y que tenía guardadas en el interior: “No he vuelto antes porque no quiero que mi mente confunda las cosas. Por mucho que me gustes tu, o Miel, hago que los encuentros no estén muy juntos.”. En aquellos pensamientos estaba, cuando al llegar a mi casa recibí un mensaje de Mónica. No ha cambiado nada desde la semana pasada: hablamos, reímos, hay complicidad pero no hemos vuelto a quedar. Además esta semana estuvo cada vez más monosilábica en nuestras conversaciones. En resumidas cuentas, no hay nada, y con mi vena soviética que aún persiste: veo fantasmas por cada esquina. Ella me dice que está enamorada de mi un ocho por ciento y que el diez por cien es el máximo… Al leer su mensaje y hablar hoy con ella, he trazado un magno plan aprovechando mis vacaciones. Si sale bien lo contaré, si sale mal, por supuesto que también. Mientras tanto empieza la cuenta atrás en ocho…

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La negación de la felicidad

Tengo descuidado el blog, tengo descuidadas las visitas y los distintos sitios que leo. Sobretodo tengo descuidada mi otra vida. ¿Por qué? Porque extrañamente estoy muy bien. A pesar de mis esfuerzos por demostrarme que no puedo, ni debo, admitir que estoy en una fase de mi vida en que estoy bien, realmente lo estoy. Ayer fue mi última jugada para volver al alambre, a tropezar, a sentirme torpe, frágil, imberbe, feo y desdentado, no merecedor de nada. Jugué fuerte y para mi sorpresa volvió a salir cara. La puta cara de la moneda que tantas veces pensaba que no existía.

Quedé con una chica cerca de las nueve de la noche. Estaba cerca de casa. Pelirroja, bastante joven, ojos verdes claros y de tez pálida. Al llegar allí no me gustó nada de lo que vi. Ni la habitación: desordenada, cama deshecha y asfixiada de calor humano; ni la chica: fría, tímida, sin tablas e incluso diría que muy cohibida por ejercer de puta. Si me quedé fue por mi ansía de autodestrucción. Del encuentro no recuerdo prácticamente nada. Duro escasos diez minutos sobre la media hora contratada. Me esforcé por sacar un mínimo de conversación antes y después pero visto que ella solamente sabía decir monosílabos me dediqué a centrar mis esfuerzos a ponerme la ropa lo antes posible. Al llegar a mi casa, me senté en el sofá y decidí mantenerme frío hasta que decidiese dejar salir los demonios, era consciente que había vuelto a la terrible e inagotable carrera de la búsqueda del daño para recordarme lo grabado a fuego durante tantos años: eres un monstruo.

¿Hubo algo mal? El mes ha sido espectacular, realmente muy bueno, profesional y personalmente pero hay algo en mi que se activa cuando mejor estoy para empujarme al desastre. Hace diez días disfruté de un concierto maravilloso y tres días más tarde me encontré de imprevisto en un festival de música con una de mis patas del triángulo de soporte del que tanto hablo. El lunes cené con otras de mis patas, ¡fue una cena llena de vida! En un sitio tranquilo, sin apenas gente cenamos sin prisas, cuanto me alegre de aquella cena: Je t’ai vu plein de vie et de beaux yeux apprecie ami. Fisicamente me encuentro muy bien, es increíble como he mejorado, y lo he notado especialmente tras esos días de tanto trajín, fiesta y acostarme a las tantas. Y sin embargo…

Me preparé una cena muy rica y empecé a hablar con Mónica, si, así se llama ella. Me refiero a la chica que conocí ya hace un mes a través de una aplicación de contactos. Hablamos a diario, hay días que nos quedamos dormidos a las tantas tras cientos de mensajes. Y a pesar de haberme visto y quedado conmigo sigue hablándome. A veces cariñosa, a veces más seca, a veces irónica, a veces pícara. Me dice que va muy liada con su tesis doctoral y su trabajo en una tienda de ropa que la explota por cinco euros la hora los fines de semana, así que no hemos vuelto a vernos. Pero intuyo que habla con otros chicos a la vez, los va filtrando. Claro, por muy interesante que le parezca ¿Cómo no tener dudas antes de lanzarse con un tullido? Siempre habrá alguien mejor.

Más allá de mis divagaciones la conversación de anoche fue muy divertida (por eso decía anteriormente que salió cara), me lo paso genial con ella y la mezcla de su ironía y espontaneidad junto a mi humor negro y ácido. Sobre las dos de la madrugada le dije que tenía un capricho: “hazte una foto y envíamela”. Pensaba en una foto de su cara, para ver de nuevo esos ojos grandes oscuros, esas pestañas interminables, esos labios carnosos, sus facciones delgadas y su pelo largo pelirrojo. En cambio, ella pensó en otro concepto: me envió una foto donde se podía ver su vientre, caderas, su ropa interior negra, y la extensión de sus piernas. “¿No querías foto?” me espetó tras dejarme sin palabras. Luego hablamos una hora más.

Ya en silencio, escuché la canción de Radiohead, Street Spirit. Sin llorar empezaron a salir lagrimas de mis ojos al escuchar cada palabra susurrada por Thom Yorke. Empecé a preguntarme la razón de la necesidad de que todo desaparezca. Ya sé que es un tema recurrente en mi, quizás la única solución es dejarlo ir y no pensar más en ello, o quizás creerme que realmente valgo la pena: immerse your soul in love.

Intensidad

El último mes y medio ha sido una sucesión de episodios con una característica en común: Intensidad. Posiblemente me siente más vivo que nunca y sin ninguna duda controlo mejor que nunca mis momentos oscuros. La duda que tengo en estos momentos es si controlo la oscuridad porque estoy bien o porque realmente la oscuridad me ha absorbido por completo.

Las dos siguientes semanas al último encuentro con Miel fueron tranquilas, de trabajo y familia. Aun tengo detalles en la retina de como fue,el primer beso en los labios después de tres meses, el ritual en la camilla donde desde el minuto uno estaba desconectado de todo, el sexo más intenso vivido en muchísimo tiempo. No llegué al orgasmo, pero eso no quitó para que todo fuese perfecto como ya describí hace un mes y medio.

Quince días más tarde fueron fechas de un festival de música. El recinto estaba ubicado en la ciudad y la mayoría de los grupos eran demasiado pop y modernos-perfectos para mi gusto. Aún así me acerqué el viernes y el sábado donde recibí más de una mirada inquisidora. Ese mismo viernes concreté una cita con una chica llamada Dakota. Una risueña e irónica brasileña con una belleza física difícilmente superable. Sus giros corporales, sus detalles en forma de rasgos y lienzos en manos, nariz, ojos, pelo, labios la hacen una mujer muy bella que acompaña a una mente rápida, ácida, juguetona y que te tienta a tirarte al vacío. Pactamos treinta minutos y estuvimos cuarenta y cinco, fue tiempo para sexo sin mesura y una química no prevista. Lo imprevisto del encuentro me tuvo durante días pensando en volver a verla esa misma semana, pero me aleje porque intuí que podía perder el control de la situación si se repetía aquel último abrazo que me dio antes de salir de su apartamento.

Sucedieron tres semanas más, en que destacaron dos cosas, un cambio laboral que me motiva especialmente porque me va a permitir aprender. Y me motiva porque desde hace ya meses me he dado cuenta que me he vuelto un adicto a aprender conocimientos y realizar actividades nuevas. La segunda acción destacable fue que Sarah se puso en contacto conmigo, y no es una casualidad que lo hiciese cuando ha vuelto a trabajar cerca de donde vivo. No me propuso nada pero pensé en volver a verla, le pregunté si ella quería. Esperaba al menos una mínima duda pero obtuve un mensaje de autómata frío y calculado: “Claro, avísame con tiempo y quedamos”.

Una semana más tarde hablé con Miel para vernos de nuevo. Sería en su lugar de trabajo a las siete y media de la tarde. El día del encuentro me escribió una hora y media antes para preguntarme si era posible atrasar la cita media hora. Tras un dialogo muy espontáneo quedamos en mi casa a las ocho. Le dejaría entrar a la habitación para acondicionarla y posteriormente empezaría el encuentro… lo que no imaginaba es la cantidad de detalles distintos que me encontraría.

¡El primero de ellos fue su moreno de piel y su pelo rosa! Le quedaba genial aquellas mechas de color rosa fucsia. El segundo fue la entrada a mi casa. De forma subconsciente le empecé a enseñar la casa, al ver la habitación de invitados en primer lugar, ella se pensó que era la mía y al ver la cama pequeña su cara reflejaba un “no sé como nos vamos apañar aquí”. Tras aclararle que ese no era mi dormitorio la lleve directamente a mi cama y ella me pidió un mechero para encender las velas que traía en la mochila.Tras ponerle gesto de duda me dirigí hacía la cocina y ella empezó a seguirme pero a mitad de trayecto dijo: “Yo he empezado a seguirte y no sé si puedo”. Me giré y le respondí de forma natural con una sonrisa: “Claro que puedes ¿tú pides permiso para andar por tu casa? pues aquí igual”. Y en ese momento vi una mirada en ella que no había visto hasta ese momento.

No hubo mechero y ella decidió bajar a comprarlo y aprovechó para hacerse con un aceite corporal. Mientras, yo esperé en casa y me asomé a mi propio dormitorio. Vi la cama sin sabanas y dos cojines a cada lado. Una vez de vuelta, yo me desnudé y ella terminó de preparar todo. Me hizo llamar a la puerta para entrar. Cuando abrí pude ver un pequeño rincón alejado del mundo, que ella había ideado. Velas por las mesitas y la cama apartada de la pared. Era sencillo pero mi habitación se había convertido en otro sitio.

Al principio del encuentro me costó bastante relajarme. Estaba con los ojos como platos y una cara de gratitud que pienso que ella percibió. Además, en un momento dado me vendó los ojos y cada dibujo que hacia sobre mi piel me erizaba y aceleraba mi sistema sensitivo como nunca antes. Al quitarme la venda y verla frente a mi para darme un beso me abrió una gran necesidad de recorrer su cuerpo despacio y detenerme en su sexo. Suspiros, gemidos, sudor… empezamos a tener sexo en diferentes posturas: yo encima suya primero de forma suave, luego ella encima de forma acelerada y dándonos las primeras bocanadas al aire buscando cuello, labios o pechos; posteriormente con sus piernas en mis hombros y finalmente ella tumbada de espaldas. Al terminar me preguntó con voz diminuta si se podía duchar. “¡Claro!” le contesté. En el baño, en la ducha, tras facilitarle una toalla limpia vi de nuevo esa mirada distinta. Al vestirse, noté que se fue con un poco de prisa y yo me quedé mirando absorto con el pensamiento de “ya paso, no marees”. Una vez ya sereno le escribí por WhatsApp acerca de como me había sorprendido sentir tanto con la venda en los ojos. No me contestó, pero a diferencia de otras veces no le di importancia.

Dos días antes del encuentro empecé a hablar con una chica por una aplicación de contactos. Las conversaciones se intensificaron en los cinco días posteriores donde hablábamos todo el día hasta cerca de las dos de la madrugada de forma intensa y con cada vez más referencias sexuales en las conversaciones. Desde el primer momento supo quien y que era yo: tullido, punk y contestatario, aunque nunca me preguntó por mi discapacidad. ¿Ella? Una mujer divertida, irónica, cabreada con el mundo, rebelde, enfrentada a su pasado; de tez blanca, muy delgada y pelirroja. Quedamos en persona el pasado martes en las que durante más de dos horas estuvimos cambiando el mundo. Tuve ganas de besarla cuando al quitarme las gafas me dijo que estaba guapo pero no supe. Luego la acompañé al metro, nos abrazamos y nos despedimos. Los días siguientes se ha mostrado más distante y las referencias sexuales ya no existen.

Es cierto que he lamentado y enfadado conmigo mismo por mi comportamiento, maldecido la discapacidad y con tendencia a destruirme. Pero lo cierto es que no lo hecho. No me he hundido ni con el cantó de sirena de Dakota, ni las miradas en el festival, ni la llamada de Sarah, ni Miel por la que siento enorme gratitud por conseguir que me sienta libre de todo por unos minutos al mes, y por último el intento fallido de qué una chica normal me quiera conocer. Posiblemente porque ya esté caído.

Cara Z

Después de la cara B, hay que mostrar la cara Z. La cara Z es la que te atrapa y paraliza cuando un domingo a las nueve de la mañana de camino a la piscina te siguen los pasos cinco adolescentes dando voces de no haber dormido la noche de San Juan. En ese momento te tensas, intentas controlar el movimiento involuntario de la pierna derecha que propicia que el pie dé un giro lateral y se arrastre, intentas ponerte más recto para que se note menos la escoliosis, y aceleras el ritmo. Porque sabes que se pueden fijar en ti, donde en la mayoría de los casos no pasará nada, y si pasa no habrá más que unas risas con alguna reprimenda de alguien del propio grupo de amigos, pero en ese momento sólo sientes la posibilidad de que la gracia se vaya de las manos, del “¡eh! ¿Por qué andas así, qué te has tomao?” se pase a un acercamiento corporal, a cerrar el paso, a un empujón, y a tener que agachar la cabeza o saber que de allí vas a salir sin dientes o con la nariz rota.

La cara Z es la que te asfixia cuando tu propia familia te tratan con condescendencia. Es el sentimiento más letal de todos para minar la estima. Va calando, como el humo del cigarro en los pulmones. Una vez dentro es imposible de sanar. No se trata de la gravedad del acto sino de la implicación del mismo. El hecho que respondan por mi cuando el camarero me pregunta si quiero vino, es el último ejemplo de una lista interminable.

La cara Z son los “cariño”, “bonito”, “corazón” que me dicen mujeres sin conocerme de nada, ¿Nadie piensa en lo ridículo que sería decírselo a un hombre sin discapacidad? Pongamos situación: hombre blanco, delgado, más bien, bajito, vive sólo, casa propia, independiente, nivel cultural alto, amable, simpático, incluso hasta roza por algunos momentos la inteligencia. Es más, debido a que sabe moverse en el mar de la mediocridad de forma ágil tiene un sueldo cercano a tres mil euros. ¿Lo tenemos en la mente?  Bien, se acerca a la socorrista que hay en ese momento en la piscina y le pregunta qué calles están libres. Ella le dirá algo así: “De la uno a la cuatro”. Añadamos a esa descripción la particularidad que tiene una parálisis cerebral, entonces la respuesta será: “De la uno a la cuatro corazón”.

La cara Z es ir a un festival de música lleno de pinta-monas y rellena-sentimientos, y al recoger la pulsera el segurata te diga ¿Vas solo chaval? Entonces te ríes y le contestas “Están amigos dentro”. Una vez en el recinto al ir a tu puta bola a más de uno le dé un shock paralizante y no pueden dejar de verte. Y ya no digamos si me ve fumando. Ahí es cuando los iluminados emprenden cruzadas y se atreven a decir “no deberías fumar”. Durante unos años pensé que habían desaparecido pero últimamente está de moda el lema “vamos a ir de punkis hasta donde nos han dicho que se puede”.

La cara Z es cuando siempre le preguntaban a mi ex si éramos hermanos. Al principio le parecía gracioso, luego renegaba y contestaba secamente. Un siguiente paso fue: “Si, somos hermanos y me folla muy bien”. Finalmente, la resignación: “Si, si lo somos”.

A ver quien tiene ovarios de convivir mi cara Z.

Cara B

Estos dos últimos días he estado encerrado en casa por la mutilación dental. Entre series, alguna que otra película, lectura del libro Pyongyang, y viajes astrales de mi mente; me he dedicado a ver en Youtube videos con las palabras clave: “parálisis cerebral“. Se pueden dividir en cuatro grupos. Primero son los enfocados a la discapacidad en sí, dando información aséptica y mostrando ejercicios de rehabilitación. Segundo son extractos de noticias donde aparece la progenitora con su vástago pidiendo ayuda para un tratamiento y/o unos recursos para que aumente su calidad de vida. En tercer lugar son una especie de montajes con voz en off donde cuentan las peripecias del discapacitado mientras aparecen imágenes de él. Y por último, los videos en primera persona explicando su historia.

Excepto los videos enfocados a una divulgación didáctica, los otros videos no me producen las más mínima empatía. En ellos no hay ni un mísero dato que indique maldad o que se haya equivocado en su vida. Su contenido es Disney, donde sólo hay bondad, esfuerzo, sacrificio, traumas y putadas en su infancia, pubertad o madurez, y por supuesto logros. Es un contenido simple, plano, infantil, caricaturizado y bondadoso que me llevan al hastío y a plantearme si soy yo el rarito. Donde me englobo únicamente dentro del grupo de gente con parálisis cerebral con discapacidad física. No me atrevo a incluir aquellos que además tienen el premio gordo de tener afectada la parte cognitividad, y mucho menos a otras discapacidades. Lo siento, pero no puedo ponerme en la piel de alguien que va en silla de ruedas. Si tú puedes, bravo por ti y tu fina piel de bebe. Seguramente lloraste por Copito de Nieve, pero yo soy incapaz de saber el tipo de mierdas que debe de comerse alguien que no puede subir una escalera. ¿Por qué? Por la misma razón por la que nadie se puede poner en mi piel. Ni amigos, ni mi ex, ni padres, ni pollas.

No, esto no va a ir de contar lo dura que ha sido mi vida antes de lo escrito en este blog.  Me apetece narrar un par de episodios para enseñar la cara B del puto cuento de Walt Disney.

Cuando tuve edad de entrar al colegio, bueno a preescolar, el director del colegio público pidió un informe para asegurarse que de la azotea regía bien a pesar de parecer un muñeco de trapo. De este modo, entre dimes y diretes, entré en segundo de preescolar tras dos test para evaluar el coeficiente intelectual no verbal.  ¿Por qué me hicieron dos? Porque el primero fue realizado por una profesional que busco mi madre obteniendo 142. ¡Oh cielo santo! Como no se lo creyeron el colegio busco a otro especialista. Y bueno, es cierto, no era tan inteligente, la puntuación fue de 140.

Ahora es cuando debería venir la parte dramática por no ser aceptado por los niños normales, porque los niños son muy crueles. Pues no, fui el niño mimado del colegio. Quien intentaba meterse conmigo con un chasquido de dedos iba medio colegio a calentarle las orejas. Así que podéis imaginar que utilizaba mis debilidades como fortalezas. Respecto a los profesores… utilicé a un profesor para conseguir mi primer ordenador portátil. En séptimo de EGB presenté un trabajo de dibujo utilizando un vejestorio de ordenador que tenía en casa. Utilizando combinaciones de figuras básicas realicé los planos a presentar. Don Jesús, también conocido como Don Minero por sus excavaciones en sus fosas nasales, se quedó tan impresionado que lo escaló al director del centro. En ese momento empezaron a mover cielo y tierra para conseguir una subvención para un ordenador. Fue la primera vez que utilicé de forma táctica y a sangre fría la discapacidad para conseguir un objetivo.

Cuatro años más tarde, en el instituto, en segundo de BUP, si sufrí burlas, rechazo y agresiones. ¿Qué hice? Callar, leer, escuchar punk y buscar estrategias de venganza. Especialmente fueron crueles conmigo dos chavales. Se burlaban a mi costa por todo, por mi forma de hablar, de moverme, por si me veían hablando con un chica, por si sacaba buenas notas, por si sacaba malas notas, todo era un buen motivo para reírse de mi, meterme collejas, o bajarme los pantalones. No me queje ni una vez a nadie, además no permití que fueran el centro de mi vida. Me divertía puteando al profesor de latín utilizando la lengua de Shakespeare en vez del latín en los exámenes, meé en dos sucursales bancarias del pueblo, me lo pasaba pipa conectándome a redes privadas estadounidenses a través de una conexión de Internet de 56Kb, y ese año descubrí el porno. Si, un discapacitado también se masturba. Ese curso en el primer trimestre suspendí cinco asignaturas, en el último aprobé todas menos latín y en las asignaturas de Física y Química, y Matemáticas las profesoras me rebajaron la nota a Notable por haber sido un “bandarra” y darme una lección por creerme demasiado listo.

Al año siguiente coincidí otra vez en clase con ambos elementos. En los dos primeros meses todo seguía igual, pero no iba a permitir otro año de ese modo. Utilice mis armas, les di un caramelo envenedado proponiéndoles hacer una pintada contra el jefe de estudios del instituto. Cuando me dieron el spray dije: “si pinto se notará mucho que he sido yo y… si queréis os digo que tenemos que poner para que no se olvide en su vida”. Ante tal hecho objetivo dijeron: “Claro, claro. ¡Qué cabrón! Así imposible que nos pillen”. Al ver la pintada: “Rafa cuidado con tu coche. Fdo.: C. B.” se armo un revuelo nunca visto. Durante tres semanas los dos matones me cuidaban y me hacían todo tipo de favores con miedo a que dijese cualquier cosa. Fue una gozada. En cambio ellos se pusieron muy nerviosos y confesaron cuando se les interrogó por segunda vez por parte del profesorado. Al venir a mí el director, el jefe de estudios y mi tutora expliqué mi versión: Esos dos chicos tenían una fijación en mi, nunca me había quejado pero más de un profesor les había llamado la atención, además yo era incapaz de hacer algo así y ese año estaba teniendo un comportamiento impecable con tres sobresalientes, cinco notables y tres bienes en el primer trimestre. Evidentemente creyeron la versión del tullido. Sólo les pedí un favor: Quería seguir centrado en los estudios y no quería represalias por parte de ellos. El resultado fue que los matones fueron expulsados una semana y desde aquel momento me empezaron a tratar muy bien. Por mi parte estuve en casa “enfermo” dos días. Mi precio a pagar fue que mi madre se enterase de todo, ella no se creyó lo que conté al director del instituto, ya sabía que tenía un hijo tullido con una cara B.

Un mail, dos dientes y mucha Miel

Desde hace unos diez días tengo fecha para ir al cementerio de dientes. Mis incisivos inferiores decidieron ser feos, torcidos, sin encías y adictos al sarro. Ya puedo limpiarme la boca como si tuviese un trastorno obsesivo compulsivo que como si se tratase de un acto de adolescente rebelde, los hijos de puta no paran de joderse y de joderme mientras el resto de los dientes se preguntan: ¿Qué les pasa a estos? Claro que están en el centro, como Ciudadanos…. Bromas, humor negro e ironía aparte, han aguantado más de lo esperado pero finalmente les ha llegado su hora. Son dos, las centrales inferiores. Luego deberán de pasar dos meses para que el hueso se regenere, la herida cicatrice y el psicópata con título de odontólogo decida que puñetas hacer con su cliente: el doctor tullido. No sé cuanto de daño me harán, pero la idea de estar sedado me tranquiliza. Primero para no sentir el dolor, segundo para que el psicópata trabaje sin problemas debido a mi movilidad, y tercero para no tener la tentación de romperle la cara cuando empiece a sacar los dientes.

Con los dientes en el subconsciente me fui el sábado pasado a una comunión. Lo mejor, fue no entrar a la iglesia debido a que veintisiete borregos recibían la hostia y el recinto estaba lleno. Ya saben, aquello era como un festival pero con hostias y pederastas. Lo peor fue no poderme quedar a una charla feminista que se estaba celebrando en la misma plaza donde se encuentra el edificio religioso. A mi pesar tuve que ir a una comida, con niños gritando, risas enlatadas y un personaje que puso a prueba mi paciencia. Se trataba del dueño del local, un Julio Iglesias de gomina caducada y pellejo estirado. No contento con andar mareando a sus empleados se dedicó a “cantar” Frank Sinatra. Mientras se ahogaba cantando se paseaba por las mesas tocando el hombro de la mujer más cercana y les guiñaba o sonreía al terminar algún verso. La escena tomaba por momentos tintes de película ochentera española, faltaba un payaso enseñando anatomía humana con globos a los niños.

Cuando se acercó a la mesa donde yo estaba sentado, decidí levantarme, sonreírle histriónicamente y salir a tomar el aire. En el aquel momento revisé el móvil y vi que había recibido un correo electrónico. Pensé que era publicidad pero no tenía nada mejor que hacer así que lo abrí. Al abrir la bandeja de entrada mi cara cambió, se trataba de un correo de Sarah. Sin anestesia previa me decía en dos frases que su vida era una mierda, que juraba devolverme el dinero y que esperaba que la perdonase. Tras siete meses daba señales de vida. Sonreí, maldije y volví adentro a camelar a mi vieja, a bromear con una sobrina y a despedirme de todo aquel acto que me olía a plástico duro.

Una vez en casa, le respondí, de forma tan escueta como ella lo hizo: me da igual el dinero, espero que mejores, si necesitas algo llámame. Por supuesto no he obtenido más noticias de ella salvo que durante toda la semana ha estado sin anunciarse. Su forma de actuar ya no me descoloca.

Pasarón dos o tres días, pensé en el tiempo que llevaba sin tener contacto intimo con una mujer: besos, caricias, abrazos, complicidad y buen sexo. La última vez fue tres meses atrás y no fue nada parecido a lo descrito. Además mi presente por primera vez en mucho tiempo es sano y el futuro no existe. Es un lema punk, pero cuando te van a quitar dos dientes… Ciertamente no sé como afrontaré esa nueva “virtud” a la hora de relacionarme.

Me dirigí a Miel y… ahora te lo puedo confesar Miel: hasta el último momento dude en cancelar la cita. Lo vivido en febrero y estar varios meses sin sexo hacían cuestionarme de cómo me iba a comportar. Si me iba a poner nervioso o no. Si aquella necesidad de contacto humano era en realidad un aviso que alertaba que mi vena soviética volvía para sumergirme en la mierda. Si… A la mierda los sies, decidí encontrarme con ella. Sólo me hice una promesa, contarle lo sucedido en Febrero al terminar el encuentro. Pero las promesas que me hago a mi mismo no valen nada, así que intentando no utilizar mi vena irónica le conté con todo detalle lo sucedido.

Luego, todo lo acontecido rozó una imperfección perfecta. Fue a partir del momento en qué ella dijo algo así: “Hoy toca otra vez Radiohead” y yo respondí: “¡Si, por favor!”. En la camilla, durante el masaje estaba tranquilo, en paz, respirando con sus caricias, sin ningún movimiento involuntario, sin necesidad de buscar puntos de fijación con las manos para ocultarlos. Luego en la cama, le conté una anécdota acerca de mi vista y empezamos a besarnos. Me fui deslizando por todo su cuerpo en pequeños pasos en forma de mordiscos suaves hasta detenerme en su sexo. Posiblemente ha sido de las veces que más he disfrutado practicando sexo oral. Quizás sea porque por primera vez al intentar acariciar su vientre, su pecho o cogerla por las caderas para acercarla a mi no tuve ningún movimiento involuntario. O quizás porque veía como se iba retorciendo de placer y como su cuerpo estaba ya impregnado de calor. En ese momento pasamos a utilizar un dildo, primero con algo de torpeza por mi parte, pero unos segundo más tarde era una combinación genial junto al sexo oral. Nos detuvimos con mirada complice y buscó un preservativo. Sentí deseo de morderle la espalda mientras me practicaba sexo oral… y otra vez en todos esos vaivenes de movimientos cada vez más intensos no hubo ningún movimiento espástico.

Lo que sucedió a continuación no le encuentro aún más lógica que la que puede argumentar un premiado en la lotería. Intenso, salvaje, complice, divertido, con manos buscando puntos de fijación donde sólo habían cuerpos llenos de sudor, suspiros cortados y miradas cruzándose. Todo lo que pueda detallar o describir se quedará corto. No sé si por inesperado, si por ir limpio de mente, si por encontrarme bien fisicamente….. o simplemente porque Miel, es mucha Miel.

Elige…

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo. Elige un piso piloto. Elige a tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar a plazos un traje de marca en una amplia gama de putos tejidos. Elige bricolaje y preguntarte quién coño eres los domingos por la mañana. Elige sentarte en el sofá a ver tele-concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para reemplazarte. Elige tu futuro. Elige la vida…

Así empieza la película Trainspotting. En realidad continúa el monologo callejero explicando el sin sentido que tiene elegir todo eso si tienes la posibilidad de elegir la heroína. Lo corté a propósito porque por primera vez en seis años estoy siendo yo la elección. Llevo prácticamente tres meses limpio. Ejercicio físico, trabajo, amigos, series, música, y cine son mi vida a día de hoy. Estos tres últimos fines de semana los he pasado junto a mi querida azafata, y me dieron ganas de darle un beso el pasado fin de semana al recogerme para cenar con dos amigos. Eso fue este viernes. Luego nos dirigimos a mi casa en su coche, hablando salió la edad. Ella dijo: “A mi ya se me ha pasado el arroz”. La miré, me callé y pensé: “Pues yo te veo con el arroz más al punto que nunca”. En mi casa vimos dos capítulos de Mr. Robot. a mitad del primero empecé a acariciarle la espalda cuando se recostó a mi lado. “¿Te molesta?” le pregunté. Me lo negó pero a los cinco minutos se incorporó, me tumbé yo y me quedé medio dormido. Al día siguiente vimos una película en el cine. Nos entendemos y sabemos lo que piensa el otro con una mirada. El fin de semana anterior dormía en el sofá tras darnos una panzada de serie, cuando nos despertamos, desayunamos en un bar cercano. Y dos fines de semana antes, yo me quedaba a dormir en su casa viendo películas. ¿Somos pareja? No, ni lo seremos. Aunque a veces nos cojamos de la mano o nos tiremos miradas cómplices. Solamente somos dos piezas defectuosas que han tenido épocas de su vida convulsas y ahora intentan reconciliarse con… con dios sabe qué.

Si no me tuerzo, si no me tuercen, y si Dios no me pilla por los huevos, en pocos años me iré de este edificio llamado “mi vida”. A otro punto por empezar, que no durará más de cuatro o cinco años. Después… después volveré y posiblemente elija la heroína. Lo de aquí ya lo tengo todo visto.

¡No, No! Ni creo en Dios como elemento de creencia religiosa. Ni por supuesto no tiene porque ser heroína la arma que utilice para quitarme de en medio. Espera, ¿De verdad me vas a preguntar si estoy triste o deprimido? Para tu tranquilidad, maldito idiota, estoy en una época muy buena de mi vida. Me encuentro físicamente genial, rápido de mente, con inquietudes, más independiente que nunca, y saboreando con especial gusto este momento.

¿Entonces a qué mierdas jugamos? ¿A ser el hombre blanco que lo tiene todo y se siente incompleto? Obviando que tengo una parálisis cerebral, te diré: no, puto infeliz enganchado a la trilogía de Matt Elliott para poder dormir. En unos cinco años mis padres estarán muertos, yo tendré cuarenta años, y me quedarán diez o quince de independencia física. Si todo se cumple, me desharé de todo lo material, compraré un billete para la cordillera Andina y me dedicaré a pelearme conmigo mismo delante de unos papeles en blanco. A la vuelta, intentaré publicar lo escrito, notaré como me deterioro fisicamente y me marcharé a joder con la puta verga a otra parte del universo.

¿Pero qué necesidad tienes? No tengo, ni tendré, nada que me até. La familia es familia, los amigos son amores verdaderos, y los otros amores… ya no quedan. Cristina quedó en un gran baúl que flota cerrado en una habitación llena de agua negra esperando a ser abierto. Sarah está arañando algunos días las paredes de mi habitación dos cero uno ocho para que le envíe el enésimo mensaje sin respuesta. ¿Y ya está? Si, ya está, no habrá más. Hablar o debatir más del tema es como pretender que un pez suba por los arboles. Nuestra historia, la de la azafata de vuelos y el tullido, es demasiada bonita para ensuciarla con sexo y amor.

En quince días cumpliré 35 años, la cuenta atrás empieza…. ¿Elige? Yo no quiero elegir, quiero ser lo elegido