El coche fúnebre

Hace años, cuando posiblemente estaba en mi peor momento respecto a la ruptura con Cristina mi amigo renegado me dijo: ¿Ves ese coche fúnebre? Todos acabaremos solos.

En aquel momento no lo entendí, ahora aprecio el valor de aquellas palabras. No escribo en este blog porque estoy realmente bien, a pesar de mis errores y de mis aciertos, a pesar de intentar andar recto sobre los renglones torcidos de la vida. Quizás ese sea uno de los grandes errores de esta sociedad, el empeñarse en educar de una determinada forma, sea cual sea, sin dar cabida a la posibilidad de que la mejor forma de ir recto es andar haciendo eses.

Ha sido otro mes de mucho ajetreo, me estoy acostumbrando a este ritmo frenético aunque es cierto que estas dos últimas semanas he decidido parar de golpe. La anarquía se extendió demasiado, y empezaba ser peligroso el estado mental que iba cobrando. A la semana siguiente de conocer a Marta, la estudiante de medicina, me aventure a dos histriónicas citas que me dieron placer y asco por parte iguales.

En la primera de ellas no puse reparo en pagar un suplemento por ver cómo llegaba al orgasmo ante mi. En la segunda. el nauseabundo olor a pepino podrido que salía de su cuerpo me hizo pedir que se fuera de mi casa excusándome que tenía prisa pues había quedado con una antigua compañera del trabajo para cenar. La excusa era real, pues aun con el olor a sexo impregnado en mi cuerpo me presenté a la cena, pasando una velada muy divertida en un centro anarko-sindicalista. Soy consciente que es totalmente delirante la sucesión de acontecimientos, pero ciertamente fue así.

En las dos siguientes semanas volví a ver a Sarah, y a Marta. El segundo encuentro con Sarah fue muy distinto al primero, sexo de pocos minutos y conversación de una hora y media. El sexo fue tan escaso y de tan corta duración que me preguntó si la había notado con ganas de terminar cuanto antes. Tras mi afirmación y asegurarle que no pasaba nada, empezó una charla donde se abrió mucho conmigo, tanto que ahora era yo el que ponía tierra de por medio. Cuando me iba a ir me dijo: te veo muy bien. Me dieron ganas de abrazarla y decirle que para mi siempre será alguien especial, sin embargo no lo hice.

A la semana siguiente quedé con Marta y el sexo fue mejor si cabe que la vez anterior. Intenso, salvaje, divertido, tanto que me dieron ganas de invitarle a quedarse a dormir. Afortunadamente no la hice. En cambio le envié un mensaje de móvil diciéndole lo bien que me lo pasaba con ella. Ella me alertó de no volverla a ver con su contestación: “Yo si me lo paso bien! Eres un tío super inteligente y con el que se puede hablar de todo. Y a parte me río mucho”.

Las dos siguientes semanas han sido centradas en el trabajo, y la lectura. El viernes intenté contactar con Miel, no me contestó, pienso que no quiere volver a quedar conmigo y no sé la razón. Fruto de ese run-run ayer conocí a una chica que hoy ya no conozco. Fue uno de esos errores que comentaba al principio de esta entrada. Son errores que por fin interiorizo sin castigarme por ello.

Para terminar el año, tengo ganas de entrar en vacaciones para darle un empujón al libro que ando escribiendo. Y de que llegué navidad para rematarlo. Mientras seguiré con esta divertida y peligrosa vida que conjuga un ingeniero intelectual, ejercicio físico, vida social intensa, encuentros por dinero, vicio, secretos, pasiones y obscenidades. Justo lo que llevará mi coche fúnebre camino al crematorio.

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Salvaje anarquía

Los siguientes días tras volver a ver a Sarah fueron sorprendentemente serenos. No me castigué, ni entré en el pasillo interminable de pensamientos oscuros y dañinos. Sin embargo me vino a visitar un resfriado del que a día de hoy, tras casi un mes, mantengo la tos.

Bien es cierto que no me he cuidado mucho, y cada vez que me encontraba mejor realizaba alguna acción que volvía a empeorar mi estado de salud. Pero sobretodo ha sido el peor resfriado que recuerdo porque lo he pasado solo mientras continuaba trabajando. Donde durante dos días tuve alucinaciones debido a la fiebre tan alta que padecí en las últimas horas de sol. En ellas veía a muertos, reales o en vida, que me visitaban y me decían al oído su verdad. De ese modo apareció Cristina vestida únicamente con un pantalón blanco para decirme: “Pagarás algún día por lo que me hiciste”. También surgió de la nada Isabel, una profesora que tuve en el instituto que en un estado de putrefacción avanzado me susurró: “Me has decepcionado, cerdo”. Y finalmente percibí la presencia de Mónica, donde riéndose me aseguró que nunca más iba a quedar conmigo, de nada me servirían todas esas horas comidas al sueño para hablar con ella.

Cuando empecé a encontrarme mejor, a los 5 días, quedé con una chica. Había visto su anuncio la vez anterior que había estado por la ciudad. Del encuentro no recuerdo nada, era muy tímida y yo no me encontraba bien. Con el paso de las semanas he entendido que aquel encuentro fue porque no veía a nadie en bastantes días y volvía a caer en el túnel como Juan Pablo Castel en la obra de Ernesto Sábato. Me sentía vacío hablando con Mónica donde cada vez ella se muestra más propensa a tener una relación de amistad a través de móvil. Me sentía feo por mi estado de salud. Y me sentía inútil por no avanzar como debía en el trabajo.

Tras siete días más y después de terminar la caja de antibióticos, empecé a encontrarme mejor. Volví a ir al gimnasio, me quedé todo un fin de semana en casa de los padres y ya me creía sano y fuerte. Pero medí mal, el sábado pasado salí a cenar con unos amigos, y debido al frío viento mi garganta se resintió. Pero lo peor no fue eso, sino el despropósito de velada que terminó siendo la quedada. La mesa de la cena estaba compuesta por tres parejas y un tullido. De las tres parejas, conozco y soy amigo de dos, la tercera se trata de amigos de amigos con un hijo a su cargo. El macho de la última pareja terminó siendo un energúmeno sin cabeza. Sin cabeza por estar seis meses en el paro sin buscar trabajo porque según él siempre le llaman de la empresa donde le echaron. Y energúmeno por encararse con todos los camareros de un pub de mala muerte de muy malas formas por dos miserables chupitos. Por si fuese poco, la noche consistió principalmente en andar. Y a mí andar a paso de perro viejo sin objetivo alguno hace que se me hinchen las pelotas.

Lo único divertido fue hablar con El perra, tras varios meses sin poder hacerlo. El perra es ese amigo con el que no tienes nada en común pero te partirías la cara por él. En el transcurso de la charla le conté que me había reencontrado con Sarah y lo que me había sucedido esa misma tarde. Le narré que horas antes había ido a visitar una prostituta. Estaba bastante lejos de mi casa, a un kilómetro largo, y no había buena combinación de transporte público. Tras unos veinticinco minutos llegué a la calle, pero estuve diez minutos más buscando el portal. Se trataba de una calle peatonal, con varios jardines y recovecos que hacían difícil encontrar el número catorce.

Una vez arriba, le comenté que justo debajo había un cumpleaños de un niño, y la gente empezaba a mirarme con extrañeza tras dar varias vueltas arriba y abajo con el móvil en la mano. Ella respondió catatónicamente con un par de frases mientras movía la cabeza con cierta espasticidad. Acto seguido se levantó y me preguntó qué podía hacer para evitar la entrada de los rayos del sol por su ventana a la vez que me enseñaba sus logros a modo McGiver. Tras eso decidí quedarme el tiempo mínimo de media hora. Me duché rápidamente y tuvimos sexo animal. En el coito, estando ella sobre mi me pidió que le pegara en la cara. Ante mi negativa, me abofeteó de forma impulsiva y aceleró su ritmo entre carcajadas. Estupefacto la volteé, puse sus piernas sobre mis hombros y terminé aquella escena de locura transitoria en menos de dos minutos.

Acto seguido aceleré todo lo que pude la tarea de ponerme la ropa mientras ella fumaba y me hablaba de su infancia en galicia, su educación inglesa y sus idearios políticos y monárquicos. Yo la miraba con cara descompuesta y ojos en órbita. Salí de aquel edificio como alma que lleva el diablo. Mi amigo, ante aquel relato me sugirió que escribiese un libro, “ya lo hago, pero lo tengo abandonado  por el resfriado” le respondí.

Los días siguientes volvió a empeorar la tos, lo que no me impidió ponerme en contacto con Sarah para vernos este pasado viernes y hablar con dos chicas para quedar con ellas. Finalmente pospuse mi segundo encuentro con Sarah debido a que mi cuerpo ya no podía dar más de sí debido a la quedada la noche anterior con Marta.

Marta es una chica de 25 años, culta, divertida, habladora, pizpireta, que le encanta la lectura y la música electrónica, feminista, conspiranoica y de firmes convicciones. Físicamente atractiva: alrededor del metro setenta de altura, piel mulata, pelo afro, y un cuerpo fibrado. Concretamos la cita en mi casa, durante más de una hora hablamos de ciencia, de estudios, de música… a pesar de mi tos de viejo moribundo la conversación fue muy fluida. Posteriormente pasamos a la habitación y tuvimos sexo delicioso. Aún se me dibuja una sonrisa al recordar su piel erizada y sus vellos de punta al besarla por el cuello o recorrer sus senos. Pero eso no fue nada comparado al ver su cuerpo retorciéndose de placer cuando le practicaba sexo oral. Reía, gemía, me apartaba y a la vez me sujetaba con fuerza para no dejarme escapar. Sus reacciones me impulsaban a continuar hasta que me apartó de forma decidida y pasamos a tener sexo. Al terminar, se dió una ducha rápida y se marchó a su casa ya que al día siguiente tenía que madrugar. Una vez solo me encargué de recoger todo, y me encontré con su señal para volvernos a ver: un colgante que se había dejado.

El viernes fue un día dedicado al trabajo y al gimnasio. Ayer dormí dieciséis horas. Claro, vivo en una salvaje anarquía.

Sarah II

La primera vez que hablé con ella no llegué a concretar la cita. En los mensajes que nos intercambiamos no hubo ningún “cariño”, “cielo” o “amor”; tampoco hubo texto copiado de otras conversaciones donde explicaba sus servicios, y cuando le dije que tenía una discapacidad física me preguntó acerca de ella para sincerarse tras mi explicación que en principio no tenía problema pero que hasta que no me viese no sabría realmente si se sentiría cómoda.

De aquel primer mensaje han caído tres años. El martes pasado la volví a ver después de año y medio. La última imagen que tenía de ella fue en su casa, ya de madrugada, al despedirnos tras una noche mágica y un beso de dos segundos que aún hoy recuerdo. Lo sucedido con ella lo sabe este blog, sus lectores y el triángulo mágico de soporte que tengo en forma amigos. No voy a recordar más veces el pasado.

Tras hablar por móvil de forma cordial concretamos una cita, sería a las siete de la tarde. Tengo aún, tras cuatro días, muy presente la sensación de nerviosismo cuando me dirigía hacia su sitio de trabajo. Esta sensación se acrecentó al no encontrar el portal, tras la confusión del portal respecto al número de la puerta y también por esperar quince minutos que me pidió para tenerlo todo preparado. Sentado en un banco tenía la mente en blanco evitando pensar y queriendo tener la mente lo más limpia y lúcida posible.

Con una camiseta blanca ancha me abrió la puerta, físicamente igual solamente observé a primera vista un color más claro en su pelo. Al vernos a los ojos empezó a reír, dijo mi nombre y nos abrazamos. “No te voy a cobrar, vamos a saldar así la cuenta pero no te enamores de mi” me espetó a los minutos tras decirnos cómo estábamos sin darnos mucho detalle. Nos demoramos bastante en iniciar el encuentro hablando de lo pasado, cómo se sorprendía que no le dijera “gilipollas” y que le aparecía mi cara cuando hacía yoga. Aquello me parecía gracioso, a la vez que evitaba entrar en recuerdos, en dos veces le repliqué “Hace un año y medio”.

En la cama, mientras me hacía el masaje, empezó a hablar acerca de su último año: otra relación tóxica, tres meses jodida, vida desordenada y varios amigos variopintos que la aliñaban. Ante su discurso me sentía relajado, y comenzamos a hablar de mi. Le conté mi final de tesis doctoral, mi cambio de trabajo y mi caída al pozo cuando estuve cinco días sin poder andar. En ese instante descubrí un tatuaje nuevo en el brazo derecho. El masaje era lo de menos cuando la conversación fue girando otra vez hacia lo sucedido hacía un año y medio, teniendo el punto cumbre cuando me dijo que había leído lo que le envié por correo electrónico. En ese momento me sentí desnudo ante ella. Me incorporé y cogiéndola de las muñecas le dije: “Para, para un momento. ¿De verdad leíste el documento que te envíe con todos nuestros encuentros?” Ante su afirmación, me tumbé de nuevo y me puse tenso, triste, pensé en lo ingenuo que era y empecé a apretar los labios para evitar maldecir o una situación irreversible.

Pienso que lo percibió por sus frases posteriores, más dulces, más cercanas. Aquello me volvió a relajar para iniciar el sexo. Encima mío empezó a moverse suavemente, para incrementar el ritmo y nuestras respiraciones al unisóno. Bajábamos el ritmo y volvíamos a acelerar. En un momento nos detuvimos, me miró a los ojos y me dió un furtivo beso en los labios. Respondí acariciando su pecho y poner mi mano abierta sobre su cuello. Al pedirle cambiar de postura puso voz de niña para decirme que la posición de misionero era muy íntima. De ese modo terminamos yo detrás de ella, finalizando de forma intensa y sin un cruce de miradas. Luego hablamos de música, de conciertos y me fantaseo la posibilidad de ir a un conciertos “pero de colegas eh”. Ante eso le dije con una sonrisa, “no me lo digas, hazlo”.

Los días siguientes no ha habido caída alguna a los infiernos, ni nada parecido, fue solamente sexo con cierta dosis de complicidad. Ni más ni menos. Me asombra estar tan bien y que el encuentro surgiese de ese modo, después de todo lo sucedido podía ocurrir cualquier cosa. Pienso que con treinta y cinco años estoy en el mejor momento de mi vida. Tanto que no le doy importancia a decisiones ajenas a mi de personas que tenía interés y aprecio. Hablo de Mónica, que si bien es cierto no hemos dejado de hablar, sus desapariciones y sus motivos o des-motivos para no volver a vernos me aburren hasta la saciedad y me lo tomo como un cuento con un final ya sabido.

Respecto a Sarah y su pregunta de por qué no estaba enfadado con ella, le puteaba o le llamaba gilipollas. La respuesta es fácil, para mi ella es especial. Se lo dije una vez: “Tienes oscuridad con una luz al final pero que nunca logras alcanzar”. Como explica Radiohead en la canción que le enseñé: “Esto va más allá de mí, más allá tu persona”

Disculpen las molestias

Disculpen las molestias pero empiezo a ser feliz. Cuando escribo esa palabra, feliz, me viene a la cabeza una entrevista a Rafael Azcona. En ella, Azcona contaba cómo su madre advertía y regañaba a sus hijos cuando estos se mostraban demasiado felices, puesto que, como ella afirmababa, la felicidad dura poco y siempre lleva desgracias detrás suya.

Aún así negar lo evidente es de ser un necio. El trabajo ha pasado a ser algo anecdótico en mi vida, y he empezado dos proyectos que me ilusionan mucho. El primero de ellos un perfil de Twitter para reivindicar los derechos de los discapacitados, o como a mi me gusta decir: tullidos, y denunciar de forma irónica a que nos enfrentamos. El segundo proyecto por ahora tiene forma de veinticinco páginas. No sé si lo acabaré, no sé si verá la luz, lo que sé es que me divierto mucho escribiéndolo y ver cómo va tomando vida propia. Lo empecé con detalles muy bibliográficos pero cada vez hay más ficción basada en historias reales, lo cual a mi mismo me sorprende.

Y por último, por primera vez en muchos años hay una mujer que se interesa por mi. Tengo claro que no hay absolutamente nada. No nos hemos vuelto a ver desde aquellas dos horas, pero no hay día que no hablemos sin cansarnos, sin forzar la conversación, durante horas. El no vernos me produce cada vez más miedo a medida que pasa el tiempo y la conozco más. Al saber la alta afinidad que tenemos y las puyas que nos lanzamos con total complicidad me aterra que se eche para atrás cuando vea que no puedo coger un vaso, cuando no pueda ir a su ritmo andando, cuando me vea comer, cuando… y sé de cuenta que se ha encariñado de una mente con un cuerpo atrofiado.

Entrando en septiembre probaré a realizar escalada, continuaré ambos proyectos, espero que el trabajo esté tranquilo y tenga la serenidad del momento para sentir si la relación va hacia delante o sin embargo sólo quiere alguien afín para hablar con él. En ese caso, tengo claro que no volveré a caer como ha sido mi tónica en los últimos años. Me van a disculpar pero he cambiado.

Ocho

Ocho son los días que han transcurrido desde la última entrada. En estos días he pensado por primera vez en cerrar el blog, no por falta de historias a contar sino porque la razón de la existencia de este blog no tiene sentido a día de hoy. En la descripción del blog se puede leer: “No sé quien soy, no sé cómo me ven, no sé que puedo dar, no tengo fe en nada y en nadie. En ruinas.” Pero ese ya no soy yo. Empecé este blog como desahogo, en 2013 mis días consistían en salir del agujero, trabajar, y volver al agujero. En el agujero había autodestrucción, alcohol, putas, descontrol, e insomnio. Durante semanas era incapaz de verme en el espejo. Si, claro que me veía para asearme, lo justo para llevar una doble vida, pero no me observaba ni un segundo.

Después de casi cinco años, he pasado por todas las fases. Tras medio año pensé que me reconcilié con el mundo tras el viaje a Chipre. Pero cuando creía que había salido del agujero, allá por 2014, no hacía más que entrar. Empecé a normalizar mis hábitos durante más de un año. Me alejé del alcohol y me centré en el trabajo, me volví adicto a él, a tapar mis miedos, a coleccionar fracasos, a la auto-compasión, y a conocer más de 40 mujeres en un año.

Paso cerca de año y medio, esta vez centrado en Sarah, en darme cuenta que el trabajo no lo es todo, y en navegar en la mierda con una soltura que daba miedo. Recuerdo que sobre 2016 vino mi primer ataque espástico. El cuerpo avisa, la mente es la traidora. Seguí igual y en 2017 sucedió la catarsis. Sarah, la presentación de la tesis doctoral, el viaje al norte, el segundo ataque espástico, el conocer a Miel, el viaje a Mallorca, el cambio de trabajo y por fin el estallido: 5 días sin poder andar. Han pasado ocho meses desde entonces. Y con algún que otro paso fallido, como el de la semana pasada, pienso que estoy preparado para comerme el mundo.

Ayer volví a ver a Dakota, hacia meses de aquel encuentro divertido, lleno de sexo, que surgió casi de imprevisto y sin pensarlo demasiado. Esta vez pensaba que iba a ser igual pero me equivoqué. Siempre me equivoco en aquello que supongo que va a suceder. Maldito ingenuo. El sexo se terminó en quince minutos escasos, el resto del tiempo nos lo pasamos hablando. Más de una hora, sentados en la cama, haciendo el mundo girar en torno a la prostitución (mis experiencias y algunas suyas), de sus planes y de los míos de vacaciones, del blog, de mi ex-pareja… cuando se hizo la hora de irme, me dijo: “Quédate un poco más, hablando”. En un momento dado dijo su verdadero nombre, me recordó al número ocho. Fue muy liberador hablar con ella de ciertos temas en detalle, sin reloj y a tumba abierta, mirándonos a los ojos. Antes de despedirnos, me volvió a decir que debía escribir o montar algo para mostrar al mundo mi vida.

Volviendo a casa, pensé en aquello último, en cosas que verbalicé y que tenía guardadas en el interior: “No he vuelto antes porque no quiero que mi mente confunda las cosas. Por mucho que me gustes tu, o Miel, hago que los encuentros no estén muy juntos.”. En aquellos pensamientos estaba, cuando al llegar a mi casa recibí un mensaje de Mónica. No ha cambiado nada desde la semana pasada: hablamos, reímos, hay complicidad pero no hemos vuelto a quedar. Además esta semana estuvo cada vez más monosilábica en nuestras conversaciones. En resumidas cuentas, no hay nada, y con mi vena soviética que aún persiste: veo fantasmas por cada esquina. Ella me dice que está enamorada de mi un ocho por ciento y que el diez por cien es el máximo… Al leer su mensaje y hablar hoy con ella, he trazado un magno plan aprovechando mis vacaciones. Si sale bien lo contaré, si sale mal, por supuesto que también. Mientras tanto empieza la cuenta atrás en ocho…

La negación de la felicidad

Tengo descuidado el blog, tengo descuidadas las visitas y los distintos sitios que leo. Sobretodo tengo descuidada mi otra vida. ¿Por qué? Porque extrañamente estoy muy bien. A pesar de mis esfuerzos por demostrarme que no puedo, ni debo, admitir que estoy en una fase de mi vida en que estoy bien, realmente lo estoy. Ayer fue mi última jugada para volver al alambre, a tropezar, a sentirme torpe, frágil, imberbe, feo y desdentado, no merecedor de nada. Jugué fuerte y para mi sorpresa volvió a salir cara. La puta cara de la moneda que tantas veces pensaba que no existía.

Quedé con una chica cerca de las nueve de la noche. Estaba cerca de casa. Pelirroja, bastante joven, ojos verdes claros y de tez pálida. Al llegar allí no me gustó nada de lo que vi. Ni la habitación: desordenada, cama deshecha y asfixiada de calor humano; ni la chica: fría, tímida, sin tablas e incluso diría que muy cohibida por ejercer de puta. Si me quedé fue por mi ansía de autodestrucción. Del encuentro no recuerdo prácticamente nada. Duro escasos diez minutos sobre la media hora contratada. Me esforcé por sacar un mínimo de conversación antes y después pero visto que ella solamente sabía decir monosílabos me dediqué a centrar mis esfuerzos a ponerme la ropa lo antes posible. Al llegar a mi casa, me senté en el sofá y decidí mantenerme frío hasta que decidiese dejar salir los demonios, era consciente que había vuelto a la terrible e inagotable carrera de la búsqueda del daño para recordarme lo grabado a fuego durante tantos años: eres un monstruo.

¿Hubo algo mal? El mes ha sido espectacular, realmente muy bueno, profesional y personalmente pero hay algo en mi que se activa cuando mejor estoy para empujarme al desastre. Hace diez días disfruté de un concierto maravilloso y tres días más tarde me encontré de imprevisto en un festival de música con una de mis patas del triángulo de soporte del que tanto hablo. El lunes cené con otras de mis patas, ¡fue una cena llena de vida! En un sitio tranquilo, sin apenas gente cenamos sin prisas, cuanto me alegre de aquella cena: Je t’ai vu plein de vie et de beaux yeux apprecie ami. Fisicamente me encuentro muy bien, es increíble como he mejorado, y lo he notado especialmente tras esos días de tanto trajín, fiesta y acostarme a las tantas. Y sin embargo…

Me preparé una cena muy rica y empecé a hablar con Mónica, si, así se llama ella. Me refiero a la chica que conocí ya hace un mes a través de una aplicación de contactos. Hablamos a diario, hay días que nos quedamos dormidos a las tantas tras cientos de mensajes. Y a pesar de haberme visto y quedado conmigo sigue hablándome. A veces cariñosa, a veces más seca, a veces irónica, a veces pícara. Me dice que va muy liada con su tesis doctoral y su trabajo en una tienda de ropa que la explota por cinco euros la hora los fines de semana, así que no hemos vuelto a vernos. Pero intuyo que habla con otros chicos a la vez, los va filtrando. Claro, por muy interesante que le parezca ¿Cómo no tener dudas antes de lanzarse con un tullido? Siempre habrá alguien mejor.

Más allá de mis divagaciones la conversación de anoche fue muy divertida (por eso decía anteriormente que salió cara), me lo paso genial con ella y la mezcla de su ironía y espontaneidad junto a mi humor negro y ácido. Sobre las dos de la madrugada le dije que tenía un capricho: “hazte una foto y envíamela”. Pensaba en una foto de su cara, para ver de nuevo esos ojos grandes oscuros, esas pestañas interminables, esos labios carnosos, sus facciones delgadas y su pelo largo pelirrojo. En cambio, ella pensó en otro concepto: me envió una foto donde se podía ver su vientre, caderas, su ropa interior negra, y la extensión de sus piernas. “¿No querías foto?” me espetó tras dejarme sin palabras. Luego hablamos una hora más.

Ya en silencio, escuché la canción de Radiohead, Street Spirit. Sin llorar empezaron a salir lagrimas de mis ojos al escuchar cada palabra susurrada por Thom Yorke. Empecé a preguntarme la razón de la necesidad de que todo desaparezca. Ya sé que es un tema recurrente en mi, quizás la única solución es dejarlo ir y no pensar más en ello, o quizás creerme que realmente valgo la pena: immerse your soul in love.

Intensidad

El último mes y medio ha sido una sucesión de episodios con una característica en común: Intensidad. Posiblemente me siente más vivo que nunca y sin ninguna duda controlo mejor que nunca mis momentos oscuros. La duda que tengo en estos momentos es si controlo la oscuridad porque estoy bien o porque realmente la oscuridad me ha absorbido por completo.

Las dos siguientes semanas al último encuentro con Miel fueron tranquilas, de trabajo y familia. Aun tengo detalles en la retina de como fue,el primer beso en los labios después de tres meses, el ritual en la camilla donde desde el minuto uno estaba desconectado de todo, el sexo más intenso vivido en muchísimo tiempo. No llegué al orgasmo, pero eso no quitó para que todo fuese perfecto como ya describí hace un mes y medio.

Quince días más tarde fueron fechas de un festival de música. El recinto estaba ubicado en la ciudad y la mayoría de los grupos eran demasiado pop y modernos-perfectos para mi gusto. Aún así me acerqué el viernes y el sábado donde recibí más de una mirada inquisidora. Ese mismo viernes concreté una cita con una chica llamada Dakota. Una risueña e irónica brasileña con una belleza física difícilmente superable. Sus giros corporales, sus detalles en forma de rasgos y lienzos en manos, nariz, ojos, pelo, labios la hacen una mujer muy bella que acompaña a una mente rápida, ácida, juguetona y que te tienta a tirarte al vacío. Pactamos treinta minutos y estuvimos cuarenta y cinco, fue tiempo para sexo sin mesura y una química no prevista. Lo imprevisto del encuentro me tuvo durante días pensando en volver a verla esa misma semana, pero me aleje porque intuí que podía perder el control de la situación si se repetía aquel último abrazo que me dio antes de salir de su apartamento.

Sucedieron tres semanas más, en que destacaron dos cosas, un cambio laboral que me motiva especialmente porque me va a permitir aprender. Y me motiva porque desde hace ya meses me he dado cuenta que me he vuelto un adicto a aprender conocimientos y realizar actividades nuevas. La segunda acción destacable fue que Sarah se puso en contacto conmigo, y no es una casualidad que lo hiciese cuando ha vuelto a trabajar cerca de donde vivo. No me propuso nada pero pensé en volver a verla, le pregunté si ella quería. Esperaba al menos una mínima duda pero obtuve un mensaje de autómata frío y calculado: “Claro, avísame con tiempo y quedamos”.

Una semana más tarde hablé con Miel para vernos de nuevo. Sería en su lugar de trabajo a las siete y media de la tarde. El día del encuentro me escribió una hora y media antes para preguntarme si era posible atrasar la cita media hora. Tras un dialogo muy espontáneo quedamos en mi casa a las ocho. Le dejaría entrar a la habitación para acondicionarla y posteriormente empezaría el encuentro… lo que no imaginaba es la cantidad de detalles distintos que me encontraría.

¡El primero de ellos fue su moreno de piel y su pelo rosa! Le quedaba genial aquellas mechas de color rosa fucsia. El segundo fue la entrada a mi casa. De forma subconsciente le empecé a enseñar la casa, al ver la habitación de invitados en primer lugar, ella se pensó que era la mía y al ver la cama pequeña su cara reflejaba un “no sé como nos vamos apañar aquí”. Tras aclararle que ese no era mi dormitorio la lleve directamente a mi cama y ella me pidió un mechero para encender las velas que traía en la mochila.Tras ponerle gesto de duda me dirigí hacía la cocina y ella empezó a seguirme pero a mitad de trayecto dijo: “Yo he empezado a seguirte y no sé si puedo”. Me giré y le respondí de forma natural con una sonrisa: “Claro que puedes ¿tú pides permiso para andar por tu casa? pues aquí igual”. Y en ese momento vi una mirada en ella que no había visto hasta ese momento.

No hubo mechero y ella decidió bajar a comprarlo y aprovechó para hacerse con un aceite corporal. Mientras, yo esperé en casa y me asomé a mi propio dormitorio. Vi la cama sin sabanas y dos cojines a cada lado. Una vez de vuelta, yo me desnudé y ella terminó de preparar todo. Me hizo llamar a la puerta para entrar. Cuando abrí pude ver un pequeño rincón alejado del mundo, que ella había ideado. Velas por las mesitas y la cama apartada de la pared. Era sencillo pero mi habitación se había convertido en otro sitio.

Al principio del encuentro me costó bastante relajarme. Estaba con los ojos como platos y una cara de gratitud que pienso que ella percibió. Además, en un momento dado me vendó los ojos y cada dibujo que hacia sobre mi piel me erizaba y aceleraba mi sistema sensitivo como nunca antes. Al quitarme la venda y verla frente a mi para darme un beso me abrió una gran necesidad de recorrer su cuerpo despacio y detenerme en su sexo. Suspiros, gemidos, sudor… empezamos a tener sexo en diferentes posturas: yo encima suya primero de forma suave, luego ella encima de forma acelerada y dándonos las primeras bocanadas al aire buscando cuello, labios o pechos; posteriormente con sus piernas en mis hombros y finalmente ella tumbada de espaldas. Al terminar me preguntó con voz diminuta si se podía duchar. “¡Claro!” le contesté. En el baño, en la ducha, tras facilitarle una toalla limpia vi de nuevo esa mirada distinta. Al vestirse, noté que se fue con un poco de prisa y yo me quedé mirando absorto con el pensamiento de “ya paso, no marees”. Una vez ya sereno le escribí por WhatsApp acerca de como me había sorprendido sentir tanto con la venda en los ojos. No me contestó, pero a diferencia de otras veces no le di importancia.

Dos días antes del encuentro empecé a hablar con una chica por una aplicación de contactos. Las conversaciones se intensificaron en los cinco días posteriores donde hablábamos todo el día hasta cerca de las dos de la madrugada de forma intensa y con cada vez más referencias sexuales en las conversaciones. Desde el primer momento supo quien y que era yo: tullido, punk y contestatario, aunque nunca me preguntó por mi discapacidad. ¿Ella? Una mujer divertida, irónica, cabreada con el mundo, rebelde, enfrentada a su pasado; de tez blanca, muy delgada y pelirroja. Quedamos en persona el pasado martes en las que durante más de dos horas estuvimos cambiando el mundo. Tuve ganas de besarla cuando al quitarme las gafas me dijo que estaba guapo pero no supe. Luego la acompañé al metro, nos abrazamos y nos despedimos. Los días siguientes se ha mostrado más distante y las referencias sexuales ya no existen.

Es cierto que he lamentado y enfadado conmigo mismo por mi comportamiento, maldecido la discapacidad y con tendencia a destruirme. Pero lo cierto es que no lo hecho. No me he hundido ni con el cantó de sirena de Dakota, ni las miradas en el festival, ni la llamada de Sarah, ni Miel por la que siento enorme gratitud por conseguir que me sienta libre de todo por unos minutos al mes, y por último el intento fallido de qué una chica normal me quiera conocer. Posiblemente porque ya esté caído.